11 de octubre de 2011

MANÍAS DE AUTOR: "LA PIEL QUE HABITO"



 

    En un post anterior nos referíamos a la política de autores que nació en el seno de la Nouvelle Vague como una manera de entender el cine y la Historia del Cine a la manera de las recopilaciones de vidas de santos o las Vidas de los mejores arquitectos, pintores y escultores italianos de Giorgio Vasari (1542-1550). Los nuevos directores que se acogían a esta teoría y aprendían cine elevando la figura del director por encima de la de cualquier técnico - sobre todo en Europa, en EE.UU. ya tenían entonces claras las funciones de cada miembro del equipo en una película - comenzaron a desarrollar la mala costumbre de forzar la búsqueda de una visión personalísima y única de la historia que estaban contando, y a leer en las manías y tics de sus compañeros de profesión no sólo una aportación activa al film, sino aquéllo que hacía del metraje una obra de arte y no un simple rodaje salido de la fábrica de coches de Henry Ford.

    Desde La cinemateca también entendemos que no se puede generalizar, y que muchos de estos gestos autorales son sinceros y beneficiosos para las películas que los acogen. No es el caso, sin embargo, de la última de Pedro Almodóvar. "La piel que habito", vamos a decirlo desde ya, esconde una gran historia que se queda a medio camino de todo lo que plantea. La estructura de la película en dos partes separadas por un flashback, que funciona como detonante y razón de ser de la historia, no es ninguna novedad en las últimas películas del manchego, en las que juega a deconstruir sus narraciones, haciendo que éstas revienten desde dentro, cargando de sentido lo que hemos visto antes y manejando el interés del espectador en el último tramo del film. Este truco de guión, que a veces - como es el caso que nos ocupa - toma la forma de flashback y otras de relato dentro del relato ("La mala educación"), no es algo que haya inventado Almodóvar, pero sí ha conseguido canalizarlo para dotar de matices historias que de alguna manera sólo cobran sentido contadas así, a la manera de las ensoñaciones/visiones/transmutaciones de David Lynch pero carentes del secretismo de éste.

    Hasta aquí todo bien, pero lo que convierte el relato en tedioso hasta el punto de dar la impresión de guión no pulido, son todos esos puntos de fuga y secuencias de diálogo explicativas que salpican el metraje y que sólo sirven para detener el ritmo de la narración y dar motivaciones psicológicas a unos personajes que no las necesitan. Porque los personajes de Almodóvar se mueven en el terreno de la ciencia ficción, del terror y del género más negro, y en esos ámbitos cuanto más oscuros, desconocidos e intrigantes sean sus habitantes, mejor. Pero Almodóvar no puede sacudirse de encima los asuntos melodramáticos (según qué película más o menos cómicos) porque son parte de su personalidad y ha demostrado en muchas ocasiones que puede dar lo mejor (casi siempre) y lo peor en este sentido. Pero las mezclas de géneros encontrados en las que se ha embarcado los últimos años, en opinión de La cinemateca, no han obtenido el mejor de los resultados.

    Y es que, además que las referencias e influencias de las que se ha hablado en relación a "La piel que habito" (Franju, Frankenstein, etc.), en La cinemateca vemos también mucho del último cine coreano (Park Chan-Wook y su "Old boy") y de la angustia contenida de muchas de las obras de Haneke. Del coreano y su gusto por las historias extremas podría haber sacado mucha más tajada, ya que si bien lo que nos cuenta Almodóvar conmueve y pone la piel de gallina, no termina de florecer todo el horror que lleva dentro la cinta. Jugando a ponernos duros, hagámoslo por completo y sacudamos al espectador hasta hacerle apartar la mente del horror. Y decimos contenida en relación a Haneke porque, a pesar de todo lo dicho anteriormente sobre los excesos de un director con demasiadas manías de autor, probablemente estemos (como dice Carlos Reviriego) ante su película más sosegada y que mejor utiliza los silencios  y las pausas, como si dejase las secuencias siempre en el momento en que parece que van a estallar. Sin hacer ningún spoiler, el ejemplo más claro es el plano final de la película con los tres personajes mirándose perplejos ante el descubrimiento de la verdad y dejando la película en el punto de tensión máximo: bien podría comenzar ahí otra historia completamente diferente. Y si hablamos de contención, mención especial para la banda sonora de Alberto Iglesias, que ha creado uno de los ambientes más sutiles y hermosos de toda su carrera, con unos violines que suenan como bisturíes rasgando la carne.

    De alabar también, por último, el trabajo que se ha hecho con Banderas, a pesar de que, a juicio de La cinemateca, Almodóvar nunca ha sido un gran director de actores (ni de actrices, todo sea dicho a pesar y en contra del pensamiento general). Todo en "La piel que habito" está a punto de caramelo para convertirse en una gran película; pero los excesos barrocos casi sin sentido, los personajes secundarios estereotipados que sabe que han de aparecer pero que no sabe manejar con fluidez (Eduard Fernández), y las formas de un director que firma sus películas tan sólo con su apellido y que hace constante gala de sus gustos, aficiones y mundos interiores, hacen que "La piel que habito" acabe siendo una película que satisface, por completo, a un único espectador.





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